martes, 26 de noviembre de 2013

VOLVERTE A VER (REPOSICIÓN)

Hola a todos.
Ayer, subí mi relato Volverte a ver a publize.com, una red social que te permite subir tus relatos, leer otros relatos y compartirlos con otros apasionados de la escritura.
Para celebrarlo, he decidido reponer en este blog Volverte a ver. En febrero, la publiqué en mi blog "Un blog de época". Aún así, me gustaría que también viera la luz en este blog.
Y aquí tenéis la primera parte.
Mañana, si puedo, subiré la segunda parte.
¡Espero que os guste!

VOLVERTE A VER

              Por ahí viene Eugenia. Es bella, hay que reconocerlo, pero es demasiado... no sé, demasiado, ¿cerrada? ¿tímida? ¡Pobrecilla! Es aún muy cría y ya posee esa clase de belleza que vuelve loco a los hombres

                Estamos en el año 1898.
              Eugenia Mancusí era una joven a la que le gustaba mucho leer. Era la única hija de un adinerado matrimonio. Sus padres estaban volcados en ella. Tenía un hermano mayor. La diferencia de edad entre ambos era de trece años. Eugenia tenía la sensación de que apenas conocía a su hermano. Cuando ella era una niña, su hermano era ya un hombre inquieto. Nunca estaba en casa. Tenía sed de aventuras. Rara vez se dejaba caer por allí.
               Aquel mismo año, Eugenia había celebrado su puesta de largo. Había pasado sin pena ni gloria por los salones de baile. O eso pensaba ella. En su mente, tenía la sensación de que había jóvenes mucho más hermosas que ella. Mujeres que brillaban con luz propia.
               Eugenia había recibido una esmerada educación. Sabía comportarse como toda una señorita.
               Eugenia vivía en la isla de Sant Antoni, en el Delta del Ebro. Pero se encontraba pasando una temporada en Barcelona. Le asustaba la oleada de atentados anarquistas que estaban teniendo lugar en la ciudad en aquella época.
               A pesar de eso, Eugenia estaba disfrutando de la temporada social. Le gustaba ir a los bailes. Le conmocionó ver las huellas que el atentado anarquista que había sufrido el Liceo hacía unos años había dejado en el mítico teatro. Otras veces, soñaba con volver a casa. Quería encerrarse en su habitación. Y coger un buen libro para leerlo.
               Había un hombre que estaba mirando a Eugenia con otros ojos. Jacobo Rovira era compañero de armas del hermano de la joven, si bien no la conocía en persona. En un primer momento, no supo relacionar a Eugenia con su superior. El hermano de ésta era su teniente.
                La vio en una ocasión en una librería comprando un libro. Le pareció la mujer más bella que jamás había visto. Su prometida había muerto tiempo atrás en el atentado del Liceo. La recordaba como una joven tan alta como él. Eugenia no se parecía en nada a ella. Si acaso, las dos vestían a la última moda. Llevaba oculto su pelo rubio tras un moderno sombrerito. Sus ojos eran de color azul grisáceo y brillaban. Su prometida siempre había sido una joven esbelta y bien proporcionada. Aún le dolía pensar en ella. Habían ido juntos al Liceo aquella fatídica noche. Él había sobrevivido, pero había resultado herido de gravedad.
              Aún así, estaba vivo y ella estaba muerta.
             La vio salir de la librería acompañada por una mujer vestida con ropa más sencilla. Dedujo que se trataría de su doncella personal. La vio perderse entre la gente. Tenía el porte digno de una Reina y rezumaba elegancia por los cuatro costados.
              Un fin de semana, Eugenia y sus padres regresaron a la isla.
              Su hermano volvía a casa. Traía consigo a un invitado.
              Era un viernes por la tarde cuando Bernardo, el hermano de Eugenia, volvió a casa. La Navidad ya había pasado. Eugenia estaba sentada junto al juego. Estaba bordando un pañuelo. Formaría parte de su ajuar de boda. Si es que me caso, pensaba la joven. Que lo dudaba. Llevaba puesto un vestido de color blanco.
               Jacobo y Bernardo entraron juntos. Esteban clavó la vista en la nuca de la joven rubia que estaba bordando muy cerca de la chimenea. ¡Es ella!, pensó con un sobresalto.
                La vio ponerse de pie en cuanto Bernardo la llamó. Tenía los mismos ojos de color azul grisáceo que él recordaba. Preciosos...Enormes...
-¡Bernardo!-exclamó.
                Se abalanzó sobre él y lo abrazó con tanto ímpetu que Bernardo estuvo a punto de caerse al suelo.
-¡Cuánto tiempo ha pasado!-exclamó Eugenia.
-Me alegro muchísimo de verte-afirmó Bernardo.
                Rodeó los hombros de Eugenia con el brazo. Ella se apoyó en él. Jacobo era incapaz de apartar la vista de ella. Eugenia resplandecía de dicha al pensar en su hermano.
-Quiero presentarte a una persona-le dijo Bernardo.
-¿De quién se trata?-inquirió Eugenia.
-Es un buen amigo mío que va a pasar unos días con nosotros.
                Antes, volvió a abrazarla. Eugenia acababa de cumplir dieciocho años. Había crecido mucho desde la última vez que se vieron. Tenía el rostro de una pilla encantadora. Ya no era ninguna niña. Era toda una mujer. Y una mujer muy guapa, por cierto.
-Es un placer conocerla, señorita-le dijo Jacobo.
              Cogió la mano de Eugenia y se la besó.
               Ella lo miró con cierta picardía.
-Lo mismo digo, señor-contestó.
               Tenía unas facciones adorables. Llevaba su cabello de color rubio dorado recogido en una trenza que caía sobre su hombro. Jacobo volvió a besarle la mano en un descuido de Bernardo. Eugenia sintió cómo una oleada de calor inundaba su cuerpo al sentir sobre su mano el contacto de los labios de Esteban. 
-Algo me dice que tengo que tener cuidado con usted-apostilló-Es la clase de hombre que lleva a la ruina a una dama. 
-Le aseguro que soy todo un caballero-afirmó Jacobo.



                     Al día siguiente, Jacobo y Eugenia salieron a dar un paseo por la isla acompañados por la doncella personal de Eugenia. Ella lo llevó a las marismas que estaban cerca de su casa. Aprovechando que la doncella estaba ocupada mirando el vuelo de un ave, Jacobo cogió la mano a Eugenia y ésta no la retiró.
 Cuando la doncella se giró para mirarles, Jacobo retiró rápidamente la mano, pero le guiñó un ojo a Eugenia.
-Será mejor que volvamos a casa, señorita-dijo la doncella-Se está haciendo tarde.
              Aquella noche, Eugenia se retiró temprano a su habitación al acabar la cena. Esteban la escoltó hasta el pie de la escalera.
-Buenas noches, señorita-dijo Jacobo.
-Por favor...-le pidió ella-Puedes llamarme Eugenia.
-Eugenia...
                La joven le dio un beso en la mejilla y se dio la vuelta para subir por la escalera.

                Su historia de amor empezó a nacer en aquellos días.
                Fue un sentimiento que creció a medida que iban pasando los días. Fue rápido y lento a la vez. De alguna manera, Jacobo y Eugenia intuían que no iban a tardar mucho tiempo en separarse.
                 Por las tardes, Esteban acompañaba a Eugenia a dar un paseo por las dunas de la playa.
                 Los acompañaba la doncella de la joven. Se trataba de una mujer unos quince años mayor que Eugenia. Estaba soltera y no tenía familia. De aquella manera, la cercanía de Jacobo no le resultaría tan amenazadora a Eugenia. Pero ésta prefería verle sin tener que estar pendiente de cada movimiento que hacía su doncella.
                 A la hora de la cena, Jacobo se sentaba al lado de Eugenia.
-Antes de que termine la temporada, nuestra hija habrá recibido dos o tres ofertas de matrimonio-auguró el padre de Eugenia-Ella sólo aceptará la oferta que mejor le convenga. Tiene que hacer un matrimonio ventajoso.
                Eugenia clavó la vista en la crema catalana que estaba tomando de postre. Ya no le parecía tan apetitosa como cuando la había servido la criada.
-Bernardo aún no se ha casado-comentó.
-No compares mi vida con la tuya, hermanita-se rió Bernardo-Soy un hombre libre.
-Antes o después, tendrás que casarte-intervino Jacobo.
              La cercanía de aquel joven animaba a Eugenia. Aunque se había divertido en Barcelona, prefería estar tranquila. No vivía mucha gente en Sant Antoni. La isla era un lugar tranquilo. Un lugar que ella podía definir como casi solitario. Se sentía a salvo y segura en aquel sitio. Allí había nacido. No quería abandonarlo.
            Jacobo la estaba cortejando. Eugenia estaba segura de eso.
             A veces, se sorprendía al encontrar una nota cariñosa debajo de la puerta de su habitación.
            Esteban le leía en voz alta. Eugenia estaba bordando un pañuelo para su ajuar de bodas.
            Pero le escuchaba mientras él le leía en voz alta.
            Tenía una voz ronca y profunda.
            Había comprado en Madrid un libro que estaba causando sensación.
            Se llamaba El hombre invisible. Su autor era H. G. Welles. Eugenia se preguntaba, mientras oía leer a Jacobo, si eso podía ser verdad. Si un hombre podía volverse invisible.
              Fue durante una de estas tardes de lecturas cuando Jacobo le robó a Eugenia su primer beso de amor.

              Durante semanas, fueron inseparables. Como uña y carne...
              Jacobo ya no sentía dolor por la muerte de su prometida. Si tenía que ser sincero, Eugenia era su paño de lágrimas.
              Le contó lo ocurrido una tarde. Estaban sentados cada uno en una silla en el jardín.
-¿Por qué no se ha casado?-le preguntó Eugenia.
              Entonces, Jacobo se sinceró con ella. Había querido mucho a su prometida. Cuando ésta murió, quiso morir él también. No había sido así. La convalecencia en el hospital se prolongó porque él no quería poner de su parte para recuperarse. Se culpaba así mismo de lo ocurrido.
-Fue idea mía llevarla al Liceo aquella noche-se lamentó-¡Ella murió por mi culpa!
-El culpable fue el canalla que lanzó la bomba-afirmó Eugenia-Tú no tuviste la culpa. Ella, donde quiera que esté, lo sabe.
-Debí de haber muerto con ella.
             Eugenia se levantó de la silla en la que estaba sentada.
-Estás vivo-le hizo ver.
            Lo abrazó con cariño. Jacobo lloró sobre el hombro delgado de Eugenia. Fue como una liberación. Vació su corazón de todo el dolor que hacía años que acumulaba en su interior.

               Después de eso, la relación entre ambos se hizo más estrecha. Jacobo llegó a adorar cada gesto de Eugenia. Se fijaba en detalles tan insignificantes. Como su manía de retorcerse el pelo. O cómo se limpiaba la boca después de cada plato a la hora de las comidas. O cómo se alisaba una arruga de la falda de su vestido.
               Salían a dar paseos por el jardín los dos solos. Entonces, Jacobo aprovechaba aquellos momentos de soledad para robarle un beso a Eugenia. Ella aprendió a besar en aquellos momentos de intimidad que compartían. 
-Me gusta que hagas eso-le decía ella a él. 
              A Jacobo le gustaba el amor que sentía Eugenia por su tierra.
             A veces, la espiaba mientras ella se cepillaba el pelo todas las noches antes de acostarse en su cama. Jugaba a las cartas con ella, con Bernardo y con los padres de ambos. Eugenia solía dar conciertos caseros de piano para sus padres, su hermano y sus vecinos. Esteban se convirtió en un espectador más de aquellos conciertos. Ella era toda una virtuosa del piano.
              Le pasaba la sal durante la cena.
              Pronto, quiso algo más.
             Los besos que se daban a escondidas les parecían insuficientes. Ya no les bastaba con abrazarse detrás de uno de los árboles del jardín. A Jacobo no le bastaba con acariciar con las manos el cabello rubio de Eugenia. Aquella joven tan tímida y tan pícara a la vez le había robado el sueño.



                         Estados Unidos intervino en el conflicto entre España y Cuba. Ésta última quería independizarse de España. Estados Unidos quería intervenir para ver con qué podía quedarse.
                 Fue entonces cuando llegó a la isla a finales de abril la noticia.
                 Estados Unidos le había declarado la guerra a España.
-Tendremos que irnos-se lamentó Bernardo-Jacobo y yo hemos sido movilizados.
-¿Tenéis que marchar ya?-se inquietó la señora Mancusí.
                 Estaban todos reunidos en el salón. Eugenia trataba de ser fuerte. Sin embargo, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Jacobo no se atrevía a mirarla. Sabía que, antes o después, partiría. Pero no quería abandonar a aquella joven que le había robado el corazón. ¡Y no le quedaría más remedio que decirle adiós!
-¿Cuándo os marcháis?-inquirió Eugenia.
-Partimos dentro de una semana-contestó Bernardo-Hemos recibido una carta de nuestro superior. Nuestro regimiento zarpa la semana que viene del puerto de Barcelona.
-¿Volveréis?
                  Eugenia no estaba mirando a Bernardo. A quien estaba mirando era a Jacobo.
-Siempre vuelvo a casa-contestó su hermano-Esta vez, no será diferente. Los yanquis no podrán con nosotros.
                 Eugenia no pensaba lo mismo.
                 Esa noche, salió al jardín a tomar el fresco.
                Jacobo la siguió.
-Los yanquis no son tan débiles como piensas-le advirtió Eugenia-He aprendido a conocerte bien. Piensas igual que mi hermano.
-Si España subestima el poder de Estados Unidos, estará perdida-admitió Jacobo.
-Y si tú te distraes en el frente, una bala acabará contigo. O la fiebre amarilla...
               Jacobo cerró la boca de Eugenia con un beso apasionado.
-Sé cuidar de mí mismo-le aseguró-Y te juro por la Virgen de Montserrat que volveré a tu lado. Y que nos casaremos.
-Quiero creerte-afirmó Eugenia.
-Entonces, ten fe en mí, amor mío.

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